Creo que el esfuerzo más grande que tengo que hacer en el día es levantarme. Cuando suena el despertador, considero seriamente el suicidio y me doy cuenta de que, (puta madre que lo parió) hay levantarse porque, como dice mi abuela: “al que madruga Dios lo ayuda”. Yo por ahora no tengo mis creencias religiosas definidas, pero igual ya he llegado a conclusión de que no tiene ningún sentido que un ente superior vaya a ayudarme sólo porque me levante temprano. ¿Qué pasa si soy la próxima Madre Teresa y me pinta levantarme a las doce? Dios diría: bueno, todo muy lindo con la filantropía pero si no te levantas antes de las nueve de la mañana se te acaba la jodita. Así que esa es la clave para el éxito; MADRUGAR.
Después de levantarme, obviamente no conecto ni dos neuronas. Por una razón que todavía no llego a comprender, cuando bajo a la cocina a prepararme un café es cuando mi madre decide relatarme lo que en ese momento me parece a mí su interpretación del código civil, sin saltearse ningún articulo. Y a cada una de sus afirmaciones yo tengo que añadir un comentario. Trato de reducirlo a monosílabos, y acá es cuando cometo el mayor error. Como mentalmente sigo en off, mis respuestas son espontáneas, y pueden traer consecuencias catastróficas. Mi madre me puede estar diciendo: “¿Cómo dormiste?” Bien, bien. O: “Se desató la tercera guerra mundial”, y mi respuesta sería la misma. Mi madre empezaría a dudar si soy su hija o un dictador encubierto que se está albergando en su hogar, y terminaría llamando a la policía y yo convenciendo a los oficiales de que no, no planeo dominar el mundo.
Cuando me estoy haciendo el desayuno tiendo a confundir lo que tengo enfrente. Por ejemplo, si mi intención es meter una taza con agua en el microondas y mientras tanto acariciar a mi perro, se me cruzan los cables y termino metiendo al perro en el microondas y acariciando una taza. Y eso me pasa más si madrugo, así que dudo que al que madruga Dios lo ayude, porque que yo madrugue evidentemente no está ayudando a mi perro. Y como soy una persona desinteresada, prefiero el bien ajeno al éxito propio. Por lo tanto, aunque madrugar sea la clave para el éxito, no voy a arriesgar la vida de mi perro u otro ser levantándome temprano, sólo para triunfar en la vida.
Seamos menos egoístas, durmamos más.