No son de despreciar las cualidades intrínsecas
a nuestra especie; el pensamiento abstracto, el
lógico y la capacidad de relacionar todo con el sexo de alguna
manera. De todas formas, ninguna de estas cosas me sorprende tanto
como nuestra habilidad para esquivar los deberes con la excusa de tener otras
cosas importantes para hacer. Un ejemplo claro es el mío: recién me pasé una
hora arreglando el costurero, no solo preseleccioné y seleccioné agujas y
alfileres, sino que también ordené los hilos de coser por color, y, lo que es
más triste aún, luego me sentí orgullosa de mi labor.
El ser humano es un animal social y vago.
Busca razones para no hacer lo que tiene pendiente y se convence de que son
válidas. Esto me parece maravilloso, ya que si nos ponemos a pensar somos la
única especie que se esfuerza más en ver cómo no hacer las cosas que en dejarse
de joder y hacerlas. Un gato a lo Garfield que se pasa echado todo el día no se
ve muy estresado ante el prospecto de un interminable letargo. Es diferente con
las personas; disimulamos la vagancia
con tareas como ordenar costureros, pintar habitaciones… y escribir en blogs.
Las tareas que nos sirven para esquivar otras tareas terminan siendo más
entretenidas que las que tenemos que hacer porque… bueno, las hacemos de onda.
Nadie nos está mirando, ni diciéndonos que lo que hacemos es una porquería
porque seguramente no se inventó un método de evaluación para “la mejor
búsqueda de malas palabras en el diccionario”. Somos un poco tímidos; tenemos
pánico escénico y nos escondemos tras bastidores actualizando nuestros estados
de Facebook y opinando boludeces en Twitter.
Igual, esta búsqueda de actividades
extracurriculares pelotudas no se da todo el tiempo. Es un fenómeno general el
de empezar el año con todas las energías. Me levanto por las mañanas con
grandes ambiciones: “este año voy a estudiar otro idioma, empezar violín y
encontrar la cura para el cáncer leyendo la parte de atrás de un envase de
champú”. Pero ya a mitad de año, cuando el frío pega y lo que mata es la
humedad, me arrastro de la cama por las mañanas con humildes objetivos:
“primero saco un pie, esa es la peor parte”. Y lo jodido es que ni siquiera
llegué a la parte del curso donde está todo el pescado vendido, recién tiré la
caña.
Lo que me da más pena es que cuando me
dispongo a estudiar y me siento a leer, mágica e inesperadamente todo a mi
alrededor se vuelve más interesante: el color del cielo se intensifica, la feta
rancia de jamón de oferta que queda en la heladera se vuelve un manjar
celestial, mis uñas están extrañamente largas y los platos sucios que están en la
cocina se convierten en una tarea emocionante. En esos momentos me doy cuenta de
que el mundo conspira contra mi desarrollo académico. Nunca hago más tareas
domésticas que cuando se asoma en el horizonte un parcial, por lo que mi madre
le saca jugo a mi ataque de productividad contraproducente. Puede haber manchas
en mi escolaridad pero los platos siempre están limpitos.
No hay dudas de que mi cerebro se toma un
paseo cuando estoy paspando moscas, de vacaciones, pero cuando hay que estudiar
tiene pila de propuestas para hacerme: “¿y si leemos el diario? Viste que hay que
estar informado. ¿Y si vamos a visitar a un amigo? Las amistades hay que
cultivarlas, no te querés morir sola, ¿no?… ¿y si miramos esa serie que te
dijeron hace un año pero nunca te dignaste a ver? Mirá que son muchas
temporadas, mejor empezar ahora antes de que te consigas un laburo… ¿y si hacemos
una comida elaborada y sana? Sino vas a ser gorda y te va a venir un infarto.
Y así es que terminé acá. La cocina reluciente,
una tarta en el horno, el costurero que parece ordenado por una persona con
trastorno obsesivo compulsivo y una montaña de repartidos por leer. Pero tenía
que hacer esto, era necesario, esencial. Además, no se puede cortar el momento
de inspiración, es sacrilegio. Si no dejara que fluya mi creatividad evasora de
tareas engorrosas, el mundo sería un lugar más feo, o menos neurótico. No sé. Lo
que sé es que no le puedo privar al pobre mundo de esto. Sí, estoy escribiendo
para postergar el momento de hacer lo que tengo que hacer. No me juzgues. ¡Opa!,
creo que se termina por acá el texto porque a mi cerebro se le ocurrió empezar
una revolución en contra del imperialismo yanqui. Pero después te juro que
estudio.