Mi nombre es Sofía Bentancor, y en mi tiempo libre me gusta escribir sobre política... Bueno, no. Pero sobre temas igual de importantes. Si te interesa tener evidencia de que hay gente igual o más demente que vos, te recomiendo que me leas... o no. Mejor no te recomiendo nada, después me vienen a acusar de mala influencia y se pudre todo. Sé libre. Yo no te dije nada.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Un texto para hacer tiempo y no estudiar

No son de despreciar las cualidades intrínsecas a nuestra especie; el pensamiento abstracto, el  lógico y la capacidad de relacionar todo con el sexo de alguna manera.  De todas formas,  ninguna de estas cosas me sorprende tanto como nuestra habilidad para esquivar los deberes con la excusa de tener otras cosas importantes para hacer. Un ejemplo claro es el mío: recién me pasé una hora arreglando el costurero, no solo preseleccioné y seleccioné agujas y alfileres, sino que también ordené los hilos de coser por color, y, lo que es más triste aún, luego me sentí orgullosa de mi labor.
El ser humano es un animal social y vago. Busca razones para no hacer lo que tiene pendiente y se convence de que son válidas. Esto me parece maravilloso, ya que si nos ponemos a pensar somos la única especie que se esfuerza más en ver cómo no hacer las cosas que en dejarse de joder y hacerlas. Un gato a lo Garfield que se pasa echado todo el día no se ve muy estresado ante el prospecto de un interminable letargo. Es diferente con las personas;  disimulamos la vagancia con tareas como ordenar costureros, pintar habitaciones… y escribir en blogs. Las tareas que nos sirven para esquivar otras tareas terminan siendo más entretenidas que las que tenemos que hacer porque… bueno, las hacemos de onda. Nadie nos está mirando, ni diciéndonos que lo que hacemos es una porquería porque seguramente no se inventó un método de evaluación para “la mejor búsqueda de malas palabras en el diccionario”. Somos un poco tímidos; tenemos pánico escénico y nos escondemos tras bastidores actualizando nuestros estados de Facebook y opinando boludeces en Twitter.
Igual, esta búsqueda de actividades extracurriculares pelotudas no se da todo el tiempo. Es un fenómeno general el de empezar el año con todas las energías. Me levanto por las mañanas con grandes ambiciones: “este año voy a estudiar otro idioma, empezar violín y encontrar la cura para el cáncer leyendo la parte de atrás de un envase de champú”. Pero ya a mitad de año, cuando el frío pega y lo que mata es la humedad, me arrastro de la cama por las mañanas con humildes objetivos: “primero saco un pie, esa es la peor parte”. Y lo jodido es que ni siquiera llegué a la parte del curso donde está todo el pescado vendido, recién tiré la caña.
Lo que me da más pena es que cuando me dispongo a estudiar y me siento a leer, mágica e inesperadamente todo a mi alrededor se vuelve más interesante: el color del cielo se intensifica, la feta rancia de jamón de oferta que queda en la heladera se vuelve un manjar celestial, mis uñas están extrañamente largas y los platos sucios que están en la cocina se convierten en una tarea emocionante. En esos momentos me doy cuenta de que el mundo conspira contra mi desarrollo académico. Nunca hago más tareas domésticas que cuando se asoma en el horizonte un parcial, por lo que mi madre le saca jugo a mi ataque de productividad contraproducente. Puede haber manchas en mi escolaridad pero los platos siempre están limpitos.
No hay dudas de que mi cerebro se toma un paseo cuando estoy paspando moscas, de vacaciones, pero cuando hay que estudiar tiene pila de propuestas para hacerme: “¿y si leemos el diario? Viste que hay que estar informado. ¿Y si vamos a visitar a un amigo? Las amistades hay que cultivarlas, no te querés morir sola, ¿no?… ¿y si miramos esa serie que te dijeron hace un año pero nunca te dignaste a ver? Mirá que son muchas temporadas, mejor empezar ahora antes de que te consigas un laburo… ¿y si hacemos una comida elaborada y sana? Sino vas a ser gorda y te va a venir un infarto.  

Y así es que terminé acá. La cocina reluciente, una tarta en el horno, el costurero que parece ordenado por una persona con trastorno obsesivo compulsivo y una montaña de repartidos por leer. Pero tenía que hacer esto, era necesario, esencial. Además, no se puede cortar el momento de inspiración, es sacrilegio. Si no dejara que fluya mi creatividad evasora de tareas engorrosas, el mundo sería un lugar más feo, o menos neurótico. No sé. Lo que sé es que no le puedo privar al pobre mundo de esto. Sí, estoy escribiendo para postergar el momento de hacer lo que tengo que hacer. No me juzgues. ¡Opa!, creo que se termina por acá el texto porque a mi cerebro se le ocurrió empezar una revolución en contra del imperialismo yanqui. Pero después te juro que estudio.