Mi nombre es Sofía Bentancor, y en mi tiempo libre me gusta escribir sobre política... Bueno, no. Pero sobre temas igual de importantes. Si te interesa tener evidencia de que hay gente igual o más demente que vos, te recomiendo que me leas... o no. Mejor no te recomiendo nada, después me vienen a acusar de mala influencia y se pudre todo. Sé libre. Yo no te dije nada.

viernes, 29 de julio de 2011

Ómnibus

Hace un par de días estaba volviendo en ómnibus de visitar a mi hermana, que vive por Malvín, cuando se me presentó una situación que creo que digna de comentar.
Estaba sentada en el asiento contra la ventana, escuchando música tranquilamente. El ómnibus se encontraba en una de esos momentos en que todos los asientos de la ventana están ocupados, pero ninguno del pasillo. Todo el mundo era feliz. Pero esta felicidad duró poco, ya que al parar el bondi en la parada del Montevideo Shopping, como es de esperar, se subió gente. Mis compañeros de ómnibus miraban suplicantes a los nuevos pasajeros, y cruzaban los dedos porque hoy no fuera su turno. Mientras, yo recurría a enviarles vibras hostiles a todos y cada uno ellos. Pretendía crear un escudo que les impidiera a los viajeros sentarse en el sitio contiguo al mío. Y pude notar un ligero efecto en varios, pero cuando creía que mis poderes estaban surtiendo efecto, un hombre de unos cuarenta años depositó sus nalgas al lado mío.
Si, puede que muchos digan, ¿qué tiene de grave que una persona se siente al lado tuyo? Pero si lo analizaran como yo, vivirían con terror a que les pase lo que a mí. Si el individuo se baja antes que yo, la situación se desenvuelve sin ningún tipo de catástrofe. No obstante, si me bajo antes, se genera el incómodo “permiso”. Sin hablar de si hubiera dormido, y en vez de hablarle hubiera tenido que sacudirlo para que me permitiera el paso. Si no funciona esto uno corre el riesgo de quedarse eternamente en el asiento del 60, y ¿qué le digo a mi madre? Le rompería el corazón.
Poniéndome a pensar un poco, no es la única circunstancia complicada que se da en el transporte público uruguayo. 
Primero que nada, detesto esos días en que el ómnibus está tan lleno que me pregunto si voy a poder salir de ese rebaño de gente. Cuando faltan cuatro o cinco paradas, ya estoy planeando mentalmente el recorrido que voy a hacer para poder bajarme sin morir ahogada. Toda una odisea. También pasa que los pasajeros actuamos como equipo, entonces si uno se tiene que bajar, el resto coordina movimientos específicos que permitan su salida sin heridos. Trabajo en equipo. Que lindo.
No me puedo olvidar de los dilemas morales que se pueden dar una mañana como cualquier otra en un ómnibus.
Asciendo las escaleras del ómnibus. Está completamente lleno, excepto el asiento maternal y el de lisiado. Cualquier otro día iría parada, pero hoy no es uno de esos días. Hoy es un día en que mis piernas me sostienen de onda. Considero mis posibilidades: puedo ir sentada en los asientos reservados, y si se sube alguien que necesite mi lugar me levanto (por lo menos tendría un mini descanso), o me quedo parada todo el trayecto y me arriesgo a quedar paralítica. Por temas de salud, decido sentarme en el de lisiado. El segundo en que mi culo toca el asiento, percibo un cambio en el ambiente. Los pasajeros me observan con reprobación, y los que no, seguro que lo piensan pero no miran por vergüenza ajena de contemplar semejante escena. Me miran como diciendo: “Hija de puta, le sacás el asiento a un lisiado imaginario. Te vas a pudrir en el infierno de los malos pasajeros. Recién te subís a este bondi y ya te crees dueña. Nosotros llevamos más de diez minutos acá. Eso en mi bondi es pelea”.
Y definitivamente no  me puedo olvidar de la situación de ceder el asiento a la señora. Lo primero que hago es calcular según su aspecto que tan vieja es. Algunas se me paran al lado, para crear esa incomodidad, tirándome la indirecta de que me tengo que levantar porque sino se les puede quebrar la cadera, y yo voy a terminar cortándome las venas porque la culpa de no haberle cedido el lugar va a ser tan agobiante que voy a querer acabar con mi vida llena de exceso de asientos. Siempre espero un par de segundos, con la esperanza de que otra persona tenga la bondad de pararse. Es lindo soñar. “Cuando tenga setenta años van a ver” es lo que pienso cada vez que me levanto y digo: “Señora, ¿se quiere sentar?”. La venganza se sirve fría.
Ahora, también están esos días en los que ir parada no es una molestia, con tal de que pueda estar cerca de una ventana, para admirar el bello paisaje montevideano y sentir la brisa en mi rostro. Si, esos días estoy muy Disney. Después de pagarle al guarda, escaneo los asientos. No hay ninguno en la ventana vacío. ¡Ningún problema! Allí voy sonriente y dando brincos hacia fondo, donde puedo estar contra la ventana. Lo genial de esto es ver a los pasajeros mirarte con admiración. Claro, no estoy siguiendo las reglas, hay asientos libres pero no me gustan, así que voy parada. No me conformo con lo establecido. Soy una anarquista del transporte público. Y a la gente le gusta esto, un ejemplo a seguir.
No se si todo el mundo analiza estas situaciones como yo, pero espero que cuando se suban al bondi mañana de mañana, miren al nene de cinco años sentado y piensen: “Mmm, ¿qué valor le puedo transmitir a este infante como pasajero-mentor de ómnibus?”.  Ya no te tenés que preocupar solamente por llegar a tiempo a tu destino, ahora tenés una carga moral que te persigue cada vez que pisás el escalón del ómnibus. 

jueves, 28 de julio de 2011

Varicela

Fiebre. Si estás en la escuelita es LA excusa para faltar y dormir toda la mañana, es más, estoy segura de que muchos cuando eran escolares hacían lo imposible para enfermarse para no ir a la escuela. Alguien estornuda y el nene va e inhala tooodos los gérmenes despedidos por la nariz del resfriado, con la esperanza de un día menos en la escuela. ¿Quién diría que un estornudo podía alegrar corazones? Es muy poético; la mierda ajena sirve para beneficio propio. Corrección, los mocos ajenos. El ¡AAAAACHÚS!, era música para los oídos escolares. Típicamente, en un salón de clase, los alumnos intentan estar en contacto con la posible fuente infecciosa. Al estornudar dicha persona, se puede ver como automática y espontáneamente, todos a su alrededor se le acercan. A los diez minutos ya se ven unos cuantos que se están fijando a ver si presentan algún síntoma, y la decepción de los que tienen las defensas altas porque la mamá los hace tomar Actimel.
Cuando era pequeña, en la época de la varicela, todos mis compañeritos faltaban porque se la habían agarrado, y yo esperaba como una infeliz mi turno. Pero no llegaba, no me contagiaba de nadie la estúpida varicela. Todos hablaban de cómo se habían querido rascar y del tamaño de las ronchas que habían tenido, pero yo estaba excluida de ese grupito. No podía compartir mi experiencia ya que la varicela había decidido pasarme de largo. Era una marginada, vagando por una clase donde solamente yo no había tenido la enfermedad del momento. Me sentía como si me hubiera salteado una moda ultra top, de la que todos formaban parte menos yo. Sola, completamente sola en mi banco, con un vacio interno que solo una cajita feliz podía llenar. Me tengo que tomar un minuto, este tema siempre me pone muy emocional.
Evidentemente, luego de comprender dónde estaba parada, pude tomar ventaja de mi situación. ¿Cómo? Bueno, primero que nada, mis padres me dieron la vacuna contra la varicela, por ende nunca iba a tener la enfermedad fashion. Así entendí que lo que me diferenciaba de mis amiguitos me hacia superior. MUAHAHAHA. Allí fue cuando me cerró todo. El destino no quiso que yo tuviera varicela porque tenía una misión para mí. ¿Cuál era? Ser diferente, ser venerada por seres virulentos. Iba re canchera diciendo: “no, boludo yo no tuve varicela y nunca la voy a tener” y notaba la admiración de mis pares ya no tan pares porque yo era mucho mejor. Mi profesión se definió allí mismo: dictadora. Soy consciente de que hay más gente que no tuvo varicela nunca, y si estoy en lo correcto y el razonamiento de estas personas fue el mismo que el mío, todos terminaron siendo dictadores. Franco, Hitler, Mussolini, Bordaberry, todos ellos niños con carencia de varicela.
Moraleja, moraleja: si te sentís excluido porque carecés de algo que otros tienen, la realidad es que sos superior, así que hacé algo con lo que tenés: dominá pueblos, ciudades, continentes o limitate al salón de clase. Que se arrodillen ante tu presencia todos los energúmenos que tienen el honor de que los uses como apoyapiés.