Los que me conocen saben que tengo alma
de gorda. Y cerebro de gorda. Y ojos de gorda. El noventa por ciento
de las veces que la gente me ve mutando mirando un punto fijo estoy
pensando en ravioles, gramajo, choripanes, asado, helado, y a veces
una combinación de todos. La gorda que vive dentro de mí no come
solo por placer, sino que también lo ve como un deber.
El problema es que cuando se trata de
comida soy muy fácil... se podría decir que soy una puta por la
comida. Es mi talón de Aquiles. No solo soy capaz de desplazarme
largas distancias para poder comer algo (gratis, en lo posible) sino
que lo hago aunque mi heladera tenga comida apetecible (cosa que no
suele suceder) porque bueno... el pasto siempre es más verde al otro
lado de la cerca. O en la heladera ajena.
A veces sufro de algo llamado en el
ámbito del psicoanálisis como “la impotencia de la gorda interna”
que se manifiesta cuando me doy cuenta de que no me queda más
espacio en el estómago y sigue habiendo mucha comida por probar en la mesa .
Allí comienzan las etapas que dejan en evidencia a las personas que
sufren de mi condición:
1- Negación: “No puede ser
que haya comido tanto”.
2- Ira: “¡¿Quién carajo
hace milanesas napolitanas sin avisar que hay torta de chocolate de
postre?!”
3- Negociación: “Cortate un
pedacito de la torta y lo dividimos entre los dos”.
4- Depresión: ”¿Qué va a ser de mí sin saber cuál es el sabor de esa torta?”.
5- Aceptación: “Ya era, hasta
que no baje la puta milanesa no me queda otra que quedarme en el
molde”.
Por supuesto que agarré algo de
entrenamiento, y luego de varios años sé cuál es mi límite, por
lo que distribuyo los manjares con relativa coherencia. Salvo que
haya papas fritas, si hay papas fritas se me va todo el criterio a la
mierda. Es por eso que cuando voy a un restorán tengo que hacer un
esfuerzo monumental para que, cuando el mozo me pregunta “¿Qué va
a pedir?”, no decirle “Papas fritas” porque suele contestarme
diciendo “¿Acompañando qué?” y, honestamente, no puedo evitar
reaccionar dando un puñetazo a la mesa y diciendo “¡Acompañando
papas fritas, imbécil!”. Yo pienso que esta actitud que tengo con
respecto a las papas fritas es consecuencia de una infancia con
escasez de las mismas, pero mi psicólogo dice que deje de inventar
boludeces y que tengo que estar medicada. El jueves pasado en La
Pasiva no había más ketchup y me vino un ataque de pánico.
Pensé en extirpar a la gorda interna
para ahorrarme tanto lío pero ya se hizo un lugar en mi corazón, y
los médicos dicen que si la intentan amputar me puedo morir. Probé
la hipnosis pero apenas entraba en trance mi subconsciente agarraba
el teléfono para llamar al McDelivery.
Así es que debo vivir con esta
condición de amor incondicional a la comida y decirme todas las
mañanas al levantarme: “Solo por hoy no voy a mirar el Gourmet”.