Hola, querido lector. Hoy quiero cambiar mi enfoque. Mis textos
siempre se tratan de mí, lo que me hace quedar como una adolescente egocéntrica
que escribe minianécdotas o viajes mentales como si usted, querido lector,
fuera mi diario íntimo, cargando con mis ideas o falta de ellas. Al final qué
más le provoca esto a usted que sobredosis de… bueno de mí. Así que desde ahora
hasta el punto final de este texto voy a tratar de que usted no tenga que
cargar con el peso de tener conocimientos privados, secretos y confidenciales
de mí. No mencionaremos mi dolor de cuello, mis pasatiempos ni mis pocas ganas
de continuar escribiendo porque me parece aburrido el tema presentado. No, aquí
hablaremos de lo que a USTED le
pasa. Se presentarán sus dudas, problemas, molestias cotidianas, opiniones y adoración hacia todo lo que mi persona
representa.
Claramente se sentirá identificado con este texto porque bueno… habla
sobre usted. Allí, sentado frente a la computadora, dudando si comer o dormir.
Está buscando algo aquí que lo reconforte, que lo haga sentir menos solo. Es
todo una ilusión, por supuesto. Usted está más solo que el uno pero como quiere
sentirse mejor continuará leyendo para encontrar alguna clase de apoyo, una
palmada en la espalda, un “¡Vamos, chaval, que la vida es bella!”. Siga pues.
¿Tuvo un mal día? Quizá se levanto con la alarma insoportable de todas
las mañanas, esa que odia desde el fondo de su corazón pero nunca se digna a
cambiar porque le da seguridad a su rutina. ¡Pero buen día! Hoy es miércoles,
hay que ver el vaso medio lleno de fin de semana. Agradezca que no sea lunes.
Véalo como un día menos de tortura académica y/o laboral en su vida. Se preparó
el café con leche, se olvidó de sacarle la nata y se quejó con numerosos “la
puta madre”. Pero todo esto pasa y usted, luego de decidir qué ponerse, se toma
el ómnibus. Si usted usa auto, manéjese. Soy tan ingeniosa con mi uso del
vocabulario castellano. Perdón, seguimos con usted. En la quinta cuadra se
acuerda de que ayer se olvidó de subir a Facebook una foto y dedicatoria a su
gatito siamés Mishu en su cumpleaños. No se lo puede perdonar. Para la décima
cuadra ya se lo perdonó, aunque todavía duda de que Mishu lo pueda hacer. No
importa, subirá una felicitación muy tierna pidiéndole disculpas por el atraso.
¿Le duele algo? ¿Tiene sueño? Tal vez se sienta mejor pensando que puede dormir
luego de cumplir el deber del día. O cumpliéndolo. Excepto si trabaja o estudia
en algo relacionado con medicina: no quiero que me mate.
Sé que le gusta que le hable así, sin tutear, con respeto. O tal vez
se siente viejo cuando lo respeto demasiado. O quizá le es indiferente. Soy muy
perceptiva. Siempre me dicen: “Bentu, sos muy perceptiva”. Y es verdad, estoy
segura de que se siente de alguna de estas formas.
Me estoy aburriendo de hablar de usted. Francamente, su vida es un
bodrio. Sería mejor hablar de la mía. ¡No, Bentu! Hay que hablar de otros.
Bueno, llegó a su hogar luego de una jornada dura, pronto para
descansar. Pero al abrir la puerta de su cuarto, una mano extraña lo toma por
el cuello. “¡Son ladrones!” –piensa usted. Pero no, son asesinos a sueldo con
motosierras y sables (dejo un margen de libertad en cuanto al arma utilizada
porque la vida de usted, lector, no es igual a la vida de usted, otro lector, y
a todos nos pasan cosas distintas). Le amenazan de muerte. Sí, fueron
contratados por mí. Estoy tratando de darle un poco de emoción y adrenalina a
su vida porque es un embole de escribir. Pero ahora tiene una anécdota
entretenida para contar en fiestas y reuniones con familia o amigos.
Evidentemente se salva de los asesinos a sueldo y se va a dormir
pensando que la vida es bella y que hay que disfrutar cada momento como si
fuera el último (lo saqué de una tarjeta de supermercado).
Espero que entienda, mi querido lector, que este texto que refleja
como espejo que recién le pasaron limpiavidrios su vida, le deja una moraleja: contrate
asesinos a sueldo para darle chispa a la vida.
Ahora volvamos a hablar de mí...