Mi nombre es Sofía Bentancor, y en mi tiempo libre me gusta escribir sobre política... Bueno, no. Pero sobre temas igual de importantes. Si te interesa tener evidencia de que hay gente igual o más demente que vos, te recomiendo que me leas... o no. Mejor no te recomiendo nada, después me vienen a acusar de mala influencia y se pudre todo. Sé libre. Yo no te dije nada.

viernes, 26 de agosto de 2011

Dudas


Hace poco me di cuenta de que de pequeña tenia tendencias suicidas. Puede que la gente piense que son exageraciones, pero tienen que entender que dadas las situaciones en las cuales tuve mis intentos, no puede ser todo una casualidad. Se ve que nací con crisis existencial. Ya a los meses de nacida me venían dudas sin respuesta: ¿cuál es mi propósito en el planeta Tierra? ¿Lo que nos sucede tiene un objetivo o es todo producto del azar? ¿Hitler tenía bigote cuando era un niño? Yes, era una bebé emo reflexiva.
Bueno ahora voy a empezar presentando la evidencia de mi tendencia a la auto-eliminación. A los pocos meses de nacida, estaba tranquilamente jugando en mi corral con mi oso de peluche, cuando me di cuenta de que éste era solo un objeto, y no comprendía los problemas que yo le planteaba y ni siquiera me daba una posible solución, como un amigo debe hacer. Para aumentar mi angustia, leí la etiqueta en el reverso de Ruben (así se llamaba el oso) que decía: MADE IN CHINA. Obviamente a los 9 meses ya era bilingüe. Esto quería decir que Ruben no era único y especial, era igual a un montón de peluches comercializados mundialmente. No pude mas con el dolor que me dominaba y decidí que, como todo era una farsa creada por un mundo consumista con el único propósito de la enriquecerse a costa de todo, era un sinsentido seguir perteneciendo algo que se alejaba tanto de mis principios. Así que trepé por el corral y me tiré para abajo. Vi toda mi vida pasando frente a mis ojos, todos mis logros y fracasos, y pensé, la pucha que tuve una vida jodida. Pero lo único que pasó fue que me pegué en la cabeza y grite LA CONCHA DE LA MADREEEEEE! Ahí vino mi vieja, dándose por aludida y me curó la herida. Pero bueno, dejó secuelas evidentemente.
Otro de mis intentos suicidas fue a los dos años. Después de mi primer atentado a mi propia vida, me resolví a esperar hasta tener la motricidad suficiente para poder cumplir bien con mi plan. Entonces, un día que estaba con fiebre y mi madre me estaba dando Causalón para bajarme la temperatura, se me prendió la lamparita y procedí a mi segundo intento de suicidio. Eran las 22:34 cuando mi madre me dejó sola en mi cuarto (que ingenua ella), con el tarro de Causalón en la mesita de luz. Como a mi me gustaba el gusto a naranja del remedio, me pareció una buena forma de despedirme del mundo cruel, por lo tanto, me tomé todo el tarro. Pero se me olvidó un pequeño detalle; mi madre (no tan ingenua ahora) vino a ver si me había bajado la temperatura, y cuando me tocó las manos notó que estaban todas pegajosas. Que tonta yo, me olvidé de pasarme pañuelitos para que mi madre no se diera cuenta. Bueno, entonces mi madre empezó a gritar por la casa y llamó a toxicología. Me hicieron comer carbón con coca-cola, excelente combinación. Allí mismo supe cual era el sabor de la derrota.
El tercero no se si cuenta como intento suicida, habría que definirlo como autoflagelación simplemente. A los tres años, estaba tranquilamente jugando con un sonajero que me habían regalado por mi cumpleaños. Era de varios colores, y de plástico. Al hacerlo sonar varias veces, me empecé a preguntar de donde salía el sonido que hacía. Intentaba entender su mecanismo, pero no lograba deducirlo. Consecuentemente dije: a la mierda con todo, y me pegué con el sonajero en la rodilla. No estaba intentando ver la luz al final del túnel (desde bebé me identifiqué como agnóstica) pero quería desquitar mi frustración por no poder saber cómo funcionaba el puto sonajero de mierda. Esa fue una de las dudas existenciales mas profundas que tuve en mi vida.
Creo que esto es prueba suficiente de mi naturaleza emo, les gané a muchos de mi generación que pertenecen a esa tribu urbana. EMO SE NACE NO SE HACE.

martes, 23 de agosto de 2011

Hola


“Hola, mi nombre es Julia y soy adicta al dolor de cabeza.
Desde chiquita tengo una relación cercana a las migrañas. Mi madre se quejaba constantemente de tener dolores de cabeza que no la dejaban ni tender la cama. Ustedes pensarán que a mi me debía de molestar, pero todo lo contrario, esos momentos de vulnerabilidad materna yo los aprovechaba para pedir cosas y hacer juegos que nadie en su sano juicio -o sin dolor de cabeza- dejaría que su hija haga. Llegué a jugar a “Quién aguanta más tiempo con el gas prendido sin perder el conocimiento”, a trepar por los estantes de libros del living de casa, a “Probá qué medicamento es este” y al ring raje en casas de salud. Una vez con mi vecinita Gabriela, usamos un tarro de kétchup que había en casa y nos bañamos en ella. Después salimos y nos tiramos en la calle. Los vecinos llamaban llorando al 911 ¡Jajaja! Hasta mamá salió a la calle y se pensó que nos había pasado por arriba un camión. La cara que puso cuando nos levantamos no tiene precio. Salió corriendo y gritando “¡ZOMBIES!”. Qué tiempos.
Ahora, teniendo veinticinco años, me paso el día con dolor de cabeza y si no lo tengo, estoy buscando la forma de tenerlo. Tengo varios métodos; mi trabajo, en atención al consumidor, ayuda mucho. Cada vez que un cliente me grita porque compró unas papas fritas con hongos y está muriéndose, yo sonrió pensando en lo cerca que estoy de alcanzar mi meta del día. Otra idea, para todos aquellos que pasan por lo mismo que yo, es juntarse con gente con voz muy aguda y risa extremadamente molesta. Esto ayuda, ya que al reprimir el impulso de pegarle a la persona uno va acumulando piñas en la cabeza. También me funciona el preguntarle a algún adulto mayor por su salud; siempre tienen problemas de espalda y cagaleras. Y si tengo la suerte de tener una vecina vieja, le pregunto los chusmeríos del barrio. “Mentira que anda dragoneando con ese”. “¡Qué ligerita!, se separó hace tres años nomás y ya anda buscando hombre, no se puede creer”. Dolor de cabeza garantizado.
 Algo que hago en casos extremos es pedirle a un perfecto desconocido -o en su defecto a una persona con una filosofía de vida basada en frases de amor dignas de acompañar con un buen vaso de agua por su nivel de empalagamiento- que me cuente con lujo de detalles sus problemas amorosos, iniciando con su primera pareja y sin descartar a ningún amor platónico, por mas que sea Brad Pitt. Esto me garantiza que a los cinco minutos de que empiece a hablar, el bichito del dolor de cabeza empiece a actuar, y a los veinte minutos estoy en una sobredosis que me da vuelta el mundo.
Hay gente que no entiende mi adicción, pero no es de masoquista. Yo paso muy bien cuando me late la cabeza de dolor. Me vienen viajes muy interesantes, y es más económico que comprar alguna sustancia alucinógena. ¿Conocen el término “te viaja la mente”? Es al revés, la mente te hace viajar. ¡Oh, milagrosa cabeza!
Decidí venir a Migrañólicos Anónimos no por mi adicción, sino por mi fobia: el Perifar. No puedo entrar a la farmacia sin que me nazca la fantasía paranoica de que la farmaceuta me va a agarrar con la ayuda del de seguridad, me van a abrir la boca a la fuerza y me van a hacer tomar una de estas horribles pastillas. ¿Quien querría tomar un medicamento que le corte el viaje?”

“Hola, Julia”.