Mi nombre es Sofía Bentancor, y en mi tiempo libre me gusta escribir sobre política... Bueno, no. Pero sobre temas igual de importantes. Si te interesa tener evidencia de que hay gente igual o más demente que vos, te recomiendo que me leas... o no. Mejor no te recomiendo nada, después me vienen a acusar de mala influencia y se pudre todo. Sé libre. Yo no te dije nada.

sábado, 20 de abril de 2013

Oda al café


Oh café, tú, amigo de la vigilia y el estudio. Compañero de la leche y enemigo del té, que es propio del cobarde. Tu color negro es como un aljibe cuyo fondo no alcanzo ver, y cuando lo vislumbro, pues te he terminado y solo quedan los restos de azúcar. No es que haya azúcar en un aljibe, pero todo sea por la poesía de estas palabras. Tal vez podrías semejar más un abismo de cuyo borde penden mis labios, salvo que no me da vértigo el café... mas si se me cae el rostro dentro me quemo. Quizá entonces, tú, café, en este cráter de taza, eres como la lava de un volcán, ahí sí me quemo sin dudas. Aunque las quemaduras de café se pueden solucionar con un poco de Dr. Selby y las de lava... bueno, no. Además, es ciertamente dificultoso caerse en una taza, incluso tropezarse resultaría improbable ya que tendría que ser una taza bastante grande. Como ves, tu complejidad no me permite usar a mi antojo los recursos literarios por miedo a la herejía. Complejidad que se simplifica al verterte en una taza, ya que todas las dudas y confusiones de desvanecen al verte allí, humeando rebosante e invitándome a mezclarte con leche y meterte en el microondas mientras se hacen las tostadas. Tú, dueño del elixir de los ojerosos, esa pócima que me pone en pie al alba: la cafeína. Cafeína! Nombre que parece pertenecer a una diosa del Olimpo, diosa de la mitología contemporánea del estudiante y del trabajador. Cuando corres por mis venas, la sangre se aparta para darte paso y cada célula se arrodilla deslumbrada. Tu reino: las plantaciones de café, y tus templos de adoración: las cafeterías, dan fe de tu calidad de monarca mundial, rey de las mañanas, pues a quien madruga, el café lo ayuda. Oh café! Aquí estás, a mi lado, brindándome la oportunidad de honrarte y a su vez, dándome ánimos de continuar a medida que avivas cada célula de mi cuerpo y engañas a mi cerebro para que crea no estar exhausto. Compañero de estudio y colega de trabajo, gracias por tu bondad frente a los bostezos y tu piedad a los infieles bebedores de té y mate. Café, musa de este texto y combustible de estas manos que escriben... mierda, te enfriaste.