Hace poco escuché hablar sobre psiquismo fetal. Por lo que entendí, es lo que piensa el feto.
Yo me imagino que era un feto muy reflexivo, tenía mucho tiempo libre así que no habría mucho para hacer más que meditar sobre la vida. Todo lo que debo haber concluido, las revelaciones luego de días de trabajo cerebral seguro que son dignas de libreto de película dirigida por Spielberg. Pero me las olvidé. Después de que salí al cruel mundo, quedé en shock. Este shock me causó una amnesia de la que no me he podido recuperar.
No me pueden culpar. En el útero, al que yo llamaba mi crib (aunque no vinieron nunca los de MTV Cribs) estaba a gusto. Al pedo, pero feliz. Tenía televisión LSD -el útero de mi madre era tecnológicamente avanzado- mesa de pool y mini bar. Los nutrientes se reciben por el cordón umbilical, pero lo que los médicos no saben es que yo tenía packs de Speed y Red Bull veinticuatro horas del día. Y claro, eso explica que le pegara tantas patadas a las paredes de mi mansión, necesitaba hacer ejercicio, gastar energía; boxeaba. Y los domingos de tarde miraba El show del mediodía.
Todo era posible en mi paraíso de líquido amniótico. Flotaba y nadaba por la vida, una actividad sumamente relajante y terapéutica. En cambio, en el mundo exterior hay que caminar. Demasiado complicado. Hay que poner un pie enfrente del otro, ¿y si te perdés? ¿Cuál va primero? No sé, ¡no sé! Me produce mucha ansiedad.
Antes de nacer tenía algún tipo de conocimiento del mundo fuera de mi crib y, honestamente, no me interesaba. Había escuchado (sin permiso) al médico decir que yo iba a salir. ¿Salir? Imposible, no tenía ganas. Si había que pagar alquiler yo estaba más que dispuesta a conseguirme un laburo y colaborar, pero de ninguna manera iba a permitir que me sacaran del confort de una vida de clase alta. Además, ¿cómo se supone que salga? No hay puertas ni ventanas. Evidentemente, el doctor estaba de faso.
Que inocente yo, no sabía que me iban a sacar por la fuerza. Cuando noté que me estaban obligando a abandonar mi hogar tomé una decisión extrema; el suicidio. Como leen, una casi recién nacida suicida. Probé ahorcarme con el tan querido cordón umbilical, pero fue un intento fallido. El estúpido médico no me dejó acabar con mi vida. Fue todo en vano. Nueve meses de gloria, y una eternidad de caminar y estudiar. Ese es el precio de ser un feto.
Me asomé al mundo reaciamente. He vivido en él 18 años y todavía no tengo un televisor LSD.
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