Mi nombre es Sofía Bentancor, y en mi tiempo libre me gusta escribir sobre política... Bueno, no. Pero sobre temas igual de importantes. Si te interesa tener evidencia de que hay gente igual o más demente que vos, te recomiendo que me leas... o no. Mejor no te recomiendo nada, después me vienen a acusar de mala influencia y se pudre todo. Sé libre. Yo no te dije nada.

martes, 23 de agosto de 2011

Hola


“Hola, mi nombre es Julia y soy adicta al dolor de cabeza.
Desde chiquita tengo una relación cercana a las migrañas. Mi madre se quejaba constantemente de tener dolores de cabeza que no la dejaban ni tender la cama. Ustedes pensarán que a mi me debía de molestar, pero todo lo contrario, esos momentos de vulnerabilidad materna yo los aprovechaba para pedir cosas y hacer juegos que nadie en su sano juicio -o sin dolor de cabeza- dejaría que su hija haga. Llegué a jugar a “Quién aguanta más tiempo con el gas prendido sin perder el conocimiento”, a trepar por los estantes de libros del living de casa, a “Probá qué medicamento es este” y al ring raje en casas de salud. Una vez con mi vecinita Gabriela, usamos un tarro de kétchup que había en casa y nos bañamos en ella. Después salimos y nos tiramos en la calle. Los vecinos llamaban llorando al 911 ¡Jajaja! Hasta mamá salió a la calle y se pensó que nos había pasado por arriba un camión. La cara que puso cuando nos levantamos no tiene precio. Salió corriendo y gritando “¡ZOMBIES!”. Qué tiempos.
Ahora, teniendo veinticinco años, me paso el día con dolor de cabeza y si no lo tengo, estoy buscando la forma de tenerlo. Tengo varios métodos; mi trabajo, en atención al consumidor, ayuda mucho. Cada vez que un cliente me grita porque compró unas papas fritas con hongos y está muriéndose, yo sonrió pensando en lo cerca que estoy de alcanzar mi meta del día. Otra idea, para todos aquellos que pasan por lo mismo que yo, es juntarse con gente con voz muy aguda y risa extremadamente molesta. Esto ayuda, ya que al reprimir el impulso de pegarle a la persona uno va acumulando piñas en la cabeza. También me funciona el preguntarle a algún adulto mayor por su salud; siempre tienen problemas de espalda y cagaleras. Y si tengo la suerte de tener una vecina vieja, le pregunto los chusmeríos del barrio. “Mentira que anda dragoneando con ese”. “¡Qué ligerita!, se separó hace tres años nomás y ya anda buscando hombre, no se puede creer”. Dolor de cabeza garantizado.
 Algo que hago en casos extremos es pedirle a un perfecto desconocido -o en su defecto a una persona con una filosofía de vida basada en frases de amor dignas de acompañar con un buen vaso de agua por su nivel de empalagamiento- que me cuente con lujo de detalles sus problemas amorosos, iniciando con su primera pareja y sin descartar a ningún amor platónico, por mas que sea Brad Pitt. Esto me garantiza que a los cinco minutos de que empiece a hablar, el bichito del dolor de cabeza empiece a actuar, y a los veinte minutos estoy en una sobredosis que me da vuelta el mundo.
Hay gente que no entiende mi adicción, pero no es de masoquista. Yo paso muy bien cuando me late la cabeza de dolor. Me vienen viajes muy interesantes, y es más económico que comprar alguna sustancia alucinógena. ¿Conocen el término “te viaja la mente”? Es al revés, la mente te hace viajar. ¡Oh, milagrosa cabeza!
Decidí venir a Migrañólicos Anónimos no por mi adicción, sino por mi fobia: el Perifar. No puedo entrar a la farmacia sin que me nazca la fantasía paranoica de que la farmaceuta me va a agarrar con la ayuda del de seguridad, me van a abrir la boca a la fuerza y me van a hacer tomar una de estas horribles pastillas. ¿Quien querría tomar un medicamento que le corte el viaje?”

“Hola, Julia”. 

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