Mi nombre es Sofía Bentancor, y en mi tiempo libre me gusta escribir sobre política... Bueno, no. Pero sobre temas igual de importantes. Si te interesa tener evidencia de que hay gente igual o más demente que vos, te recomiendo que me leas... o no. Mejor no te recomiendo nada, después me vienen a acusar de mala influencia y se pudre todo. Sé libre. Yo no te dije nada.

lunes, 11 de febrero de 2013

Comida


Los que me conocen saben que tengo alma de gorda. Y cerebro de gorda. Y ojos de gorda. El noventa por ciento de las veces que la gente me ve mutando mirando un punto fijo estoy pensando en ravioles, gramajo, choripanes, asado, helado, y a veces una combinación de todos. La gorda que vive dentro de mí no come solo por placer, sino que también lo ve como un deber.
El problema es que cuando se trata de comida soy muy fácil... se podría decir que soy una puta por la comida. Es mi talón de Aquiles. No solo soy capaz de desplazarme largas distancias para poder comer algo (gratis, en lo posible) sino que lo hago aunque mi heladera tenga comida apetecible (cosa que no suele suceder) porque bueno... el pasto siempre es más verde al otro lado de la cerca. O en la heladera ajena.
A veces sufro de algo llamado en el ámbito del psicoanálisis como “la impotencia de la gorda interna” que se manifiesta cuando me doy cuenta de que no me queda más espacio en el estómago y sigue habiendo mucha comida por probar en la mesa . Allí comienzan las etapas que dejan en evidencia a las personas que sufren de mi condición:
1- Negación: “No puede ser que haya comido tanto”.
2- Ira: “¡¿Quién carajo hace milanesas napolitanas sin avisar que hay torta de chocolate de postre?!”
3- Negociación: “Cortate un pedacito de la torta y lo dividimos entre los dos”.
4- Depresión: ”¿Qué va a ser de mí sin saber cuál es el sabor de esa torta?.
5- Aceptación: “Ya era, hasta que no baje la puta milanesa no me queda otra que quedarme en el molde”.
Por supuesto que agarré algo de entrenamiento, y luego de varios años sé cuál es mi límite, por lo que distribuyo los manjares con relativa coherencia. Salvo que haya papas fritas, si hay papas fritas se me va todo el criterio a la mierda. Es por eso que cuando voy a un restorán tengo que hacer un esfuerzo monumental para que, cuando el mozo me pregunta “¿Qué va a pedir?”, no decirle “Papas fritas” porque suele contestarme diciendo “¿Acompañando qué?” y, honestamente, no puedo evitar reaccionar dando un puñetazo a la mesa y diciendo “¡Acompañando papas fritas, imbécil!”. Yo pienso que esta actitud que tengo con respecto a las papas fritas es consecuencia de una infancia con escasez de las mismas, pero mi psicólogo dice que deje de inventar boludeces y que tengo que estar medicada. El jueves pasado en La Pasiva no había más ketchup y me vino un ataque de pánico.
Pensé en extirpar a la gorda interna para ahorrarme tanto lío pero ya se hizo un lugar en mi corazón, y los médicos dicen que si la intentan amputar me puedo morir. Probé la hipnosis pero apenas entraba en trance mi subconsciente agarraba el teléfono para llamar al McDelivery.
Así es que debo vivir con esta condición de amor incondicional a la comida y decirme todas las mañanas al levantarme: “Solo por hoy no voy a mirar el Gourmet”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario